19/9/10

Crónica de la Visita de Hebe Uhart

10-9.2010
Ni bien entre a la clase Hebe ya estaba hablando. La reconocí por una de esas obviedades de la vida que son indiscutibles. Estaba sentada frente a todos en una silla diferente a la del resto con rueditas y un asiento cómodo. Por si hubiera posibilidad de alguna duda era la única persona que no conocía ahí y OH casualidad era una señora a la que todos prestaban atención.
Era una mujer delgada, de piel blanca y ojos claros que nos miraban a uno y cada uno de nosotros directamente a los ojos. Me recordaba a mi abuela Esther. Vestía una camisa blanca, pantalones de vestir grises y un chaleco marrón combinado con sus zapatos. Note que no tenía aritos puestos lo cual a mi entender lo relacioné con humildad. Los aros tienden a ser un accesorio puramente decorativo que resalta nuestra cara, de modo que pretendemos de algún modo llamar la atención. Este detalle ayudó junto a su atuendo a asociarla al tipo de escritora que tenía en mente.
Luego, a medida que avanzó la charla pude comprobar por medio de sus palabras, los temas tratados y sus anécdotas que estaba en lo cierto. Se trataba de una mujer cálida, sincera y sin ninguna ráfaga de superioridad latente en su forma de expresar. En general se mostraba seria pero con esa seriedad característica de quien se toma en serio lo que hace y lo que dice, pero cada tanto sonreía o incluso reía. 
Comenzó a contar como había creado algunas de las historias de su libro “Turistas”. Sobre el personaje del Alemán nos confesó que para realizarlo fue a recorrer la calle Florida pero con otros ojos, con ojos de extranjero. Para esto, se planteo “vernos a nosotros con ojos de turistas”. De ahí llegó a algunas conclusiones o sensaciones, como por ejemplo que los argentinos solemos vestir mayormente de negro o colores tenues. De hecho nos señaló a varios de los que estábamos ahí presentes como ejemplo, riendo al divisar a mi amiga Carolina como una excepción a la regla con un color rosado y al sumar a una colombiana al embole general de colores oscuros. También resaltó que las mujeres caminan por la calle muy producidas con “aire de importancia”. No pudo evitar reírse cuando comparó lo concreto y determinante de un Alemán con nosotros que parecemos poco decididos y nos encanta dejar dudas ya que vivimos utilizando frases como “vamos a ver” o “vemos” con lo cual en realidad no decimos nada de nada. Lo importante según Hebe es tomar el lenguaje de una persona para reproducir su historia. Hay que ver como habla la gente, como gesticula. Ver más allá de lo que dice, como lo dice. Otro de esos ejemplos con los cuales ella misma no pudo evitar tentarse, fue el típico “te quiero”, ya que esas dos palabras son fáciles de decir, cualquiera puede hacerlo. Pero citando a Hebe cual gran filósofo: “depende de la región del alma del que surge el “te quiero, hay mil maneras de decirlo”.
Gira un poco hacía los costados en su silla con las piernas cruzadas. Remarca que hay que “atreverse a pensar distinto”. Y de pronto cual sorpresa lanza un nuevo ejemplo con el que todos nos reímos: el tenista alemán que no se atrevió a tirar la raqueta (por respeto y protocolo, digamos) y en su lugar, la mordió (mientras lo cuenta Hebe se muerde las manos). Sus manos acompañan cada una de sus palabras, son partes activas de su gestualización. Y de repente, otra gran frase de Hebe de esas que no puedo evitar citar: “todos tenemos un dialogo con nosotros mismos”, y al decirlo, entrelaza sus manos en representación de la unión de nuestras palabras con nosotros mismos.
Una compañera le recordó a Hebe sobre una entrevista que le habían hecho una vez. En aquella ocasión le habían preguntado algo así como si desde pequeña leía mucho o como se había relacionado entonces con la literatura. Ante aquel interrogante Hebe se indignó, no es que haya estado presente mientras la entrevistaban, simplemente vi en su cara dicha indignación hacerse presente en nuestra clase mientras nos refutaba el ataque de los periodistas a tono de broma con preguntas como, “¿Que puede entender un chico de 8 años? ¿Que obra literaria puede leer?” y usando también varias analogías graciosas para dejar en claro que sin muchas vueltas que darle de chicos nos gustan las cosas de chicos. Sin embargo, nos cuenta finalmente sobre su infancia, que era una chica curiosa pero sin mucho acceso a la literatura. Riéndose una vez más, admite que lo que la llevó a dedicarse a la escritura fue un acuerdo con el librero por el cual ella al comprar un libro si lo devolvía limpio (ya que es típico de chicos ensuciarlo) él le daría otro a cambio y así sucesivamente. De modo que nunca fue dueña de ningún libro en aquel momento pero así se leyó casi toda la librería. Continúa su historia en la adolescencia. Nos relata con su forma atrapante de contar las cosas como en quinto año cuando le preguntaron sobre que quería ser y hacer de su vida ella respondió cual “emo” hoy en día: “Nada”. Y nos remarca con convicción: “Yo no quería ser nada”.
Dejando de lado su historia de vida, hizo referencia a algunos de los grandes escritores como Lucio Mansilla y Fray Mocho quienes comenzaron el estilo de escribir argentino. Se mostró muy a gusto con esa forma de escribir cual pensamos o hablamos, por ende con un lenguaje cotidiano. Se rasca la oreja recordando a buenos escritores. En eso alguien le pregunta que es para ella un buen escritor. Sin muchas vueltas ni gran análisis, directa y espontánea como se mostró desde un principio Hebe esboza una nueva frase para el recuerdo: “algo bien escrito esta vivo, algo mal escrito esta muerto”. Considera que algo vivo tiene algo propio.
De a poco la visita de Hebe, se fue tornando una charla de la vida, muy amena como entre amigos. En conexión a la idea de una buena escritura Hebe hace alusión a una distancia óptima que se debe tomar para mirar bien a una persona, ya que tanto la bronca como en el otro extremo, el amor nos ciegan. De esto argumenta que actualmente hay una idea o concepto de “Nosotros” muy fuerte en la sociedad, como el nosotros en unión de los empleados de un banco o de un grupo de amigos, y acota que así dejamos de lado a “el resto”, pero que ese resto que no tomamos en cuenta, no es una nada, son los otros, ¡el mundo!.
Una cosa lleva a la otra y la palabra “prestigio” retumba en la clase. Pero Hebe no se siente identificada, de hecho pregunta aunque sin realmente esperar respuesta alguna que es el prestigio. Para ella el escritor no debe ser vanidoso, y su actitud defiende dicha postura. El profesor le preguntó a Hebe si no le gustaría tener una calle con su nombre (resultado del supuesto prestigio). Pero claro, tener una calle significa estar muerto para poder apreciarlo. La escritora se río al comentar que cuando estuviera muerta estaría encantada de tener una calle con su nombre. Ella no cree en el fracaso ni en el éxito. Vive en un presente eterno, dejando de lado lo que fue y sin crear expectativas del futuro. Es mejor no desperdiciar el presente en algo que aún no es, y tal vez nunca sea. Si se vive el momento sin pensar en el después, sin imponerse metas por doquier entonces no existe la posibilidad de fracaso. En definitiva lo importante en sí, como dijo Hebe es la Vida ante todo.