"¡Armate la mochila que nos vamos esta tarde!".. así arrancaban nuestros viajes. Solo tu mejor amiga podía bancarte un llamado así. Todo era tan simple, sin restricciones, ni tanto plan. Siempre listas para el imprevisto, lo espontaneo, dispuestas a alterar el recorrido, a viajar sin itinerarios, a ir por donde nadie fue, a perdernos y reencontrarnos.
Y así construimos aventuras que siempre quedarán guardadas en nuestra memoria, por eso hoy unos 8 años después se me ocurre escribir sobre nuestras aventuras a la boliviana. Hace unos días, durante una cena hablando de viajes mochileros, me encontré contando estas vivencias tan entusiasmada y eufórica que finalmente tenía que dejarlas por escrito, para en un futuro lejano poder releerme y reencontrarme ahí..
Enero 2011…un verano hermoso, como siempre arrancamos viaje con Juli, mi fiel compañera de caminos. Volvimos a nuestro querido Norte; nuevas amistades, fogones, meta empanadas, bailanta y peña. En Humahuaca nos encontramos con nuestras otras tres amigas y de ahí subimos a Bolivia. 2hs y media de fila para cruzar la frontera, había cacerolazo a Evo por el aumento del Gas.
Hasta el momento estuve en cuatro continentes distintos, no obstante, uno de los paisajes y experiencias más lindas y locas de mi vida, fue en américa del sur, acampando en el Salar de Uyuni, el salar más grande del mundo con casi 11,000 km cuadrados de sal blanca brillante.
Era una bella mañana de regateo, mientras buscaba la mejor oferta para hacer un tour por el Salar y tal vez hospedarnos en el Hotel de Sal, mis amigas estaban haciendo sociales con dos uruguayos y dos cordobeses. Me acerqué entusiasmada a contarles como había peleado el mejor precio, pero mis esfuerzos habían sido al cuete. Ya las habían convencido de ir con ellos a acampar en medio del salar, y por supuesto no dude en sumarme a la aventura; ¡hay equipo!. Los chicos habían charlado con una agencia que nos llevaba y nos buscaba al día siguiente. Todo parecía muy lógico.
Ese mismo día salíamos para el salar, dividimos las tareas de compras, comidas enlatadas, fideos, algunas verduras y frutas, un par de litros de agua y por supuesto más litros de vino en cartón. Si mal no recuerdo mientras cargábamos las provisiones, el chofer decidió que era momento de avisarnos que no iba a poder buscarnos al día siguiente, que nos íbamos a quedar 2 noches a la deriva en el salar. Así que a las corridas en busca de más alimentos, algunos bidones extra de agua y algo más de vino.
Nos dejaron en medio de la nada, literal, rodeados solamente de sal a unos kilómetros de la Isla Pescado, una de las formaciones rocosas e islas con cactus del salar. De a dos personas, en viajes ida y vuelta llevamos todo a una cueva gigante donde armamos las carpas. Durante esos dos días ese fue nuestro HOGAR, disfrutando los amaneceres y atardeceres más increíbles que haya visto.
Combatimos el viento frío y seco de la noche con un buen fogón entre una especie de pared de piedras que nos hacía de reparo mientras cocinábamos, charlábamos y cantábamos al compás de la guitarra. Éramos una publicidad perfecta. Para los curiosos por supuesto que nuestro baño era la naturaleza, por las piedras a la derecha las damas, a la izquierda los caballeros.
No era la primera vez que acampaba al aire libre en un lugar agreste, incluso he dormido a la intemperie entre médanos en el Cañon del Atuel, en Medonza, y en las cálidas madrugadas norteñas, cuando había que salir con la bolsa de dormir afuera para no morir sofocado. Pero, incluso en el lago más recóndito del sur, esta era la primera vez que me sentía total y completamente aislada de la civilización, sin posibilidad de NADA, y al mismo tiempo pareciendo ese instante todo tan posible, esencial y necesario.
Ahora que lo pienso extraño ese momento y creo que me vendría tan bien, total des-conexión del mundo y al mismo tiempo total conexión con uno mismo, con el lugar y las personas que nos acompañan, sobre todo si son las correctas. A veces es cuestión de tiempo y distancia para apreciar aún mejor las cosas, y darnos cuenta que las mejores cosas de la vida, de hecho no son cosas.
Ahora que lo pienso extraño ese momento y creo que me vendría tan bien, total des-conexión del mundo y al mismo tiempo total conexión con uno mismo, con el lugar y las personas que nos acompañan, sobre todo si son las correctas. A veces es cuestión de tiempo y distancia para apreciar aún mejor las cosas, y darnos cuenta que las mejores cosas de la vida, de hecho no son cosas.
Los turistas pasaban a lo lejos de la Isla, de paseo por el salar. Ninguno se detuvo por ahí, eran todos colectivos, combis y algún que otro jeep. Solo se nos acercaron una vez, 3 motos conducidas por motoqueros de raza, sí, bien cliché; barba y pelos largos, camperas y chalecos de cuero con calco-manías e insignias. Al principio debo admitir me asustaron un poco, pero solo saludaron y siguieron su camino.
Disfrutamos cada minuto de esos 2 días y medio, pero llegó la hora de irnos. Levantamos campamento y decidimos esperar en la Isla refugiados del sol del mediodía que quemaba. Vimos pasar algunos transportes, pero ninguno parecía andar con ánimos de buscar a nadie. Pasó la hora acordada, luego una hora más y nos pareció raro. Todavía nos quedaban, aunque escasas algunas provisiones como para poder quedarnos una noche más, en especial sobraba vino. Pero ya habíamos desarmado y eventualmente había que volver.
Nos acercamos más al centro del salar, por donde nos habían dejado la primera vez con la esperanza de ser divisados. Después comenzamos a usar los abrigos de banderas llamando la atención de los vehículos que pasaban, para pedirles por favor que al volver a la ciudad avisaran a la agencia que nos había traído que seguíamos ahí a la espera. Incluso una camioneta se ofreció a llevarnos a algunos, pero nos pareció arriesgado separarnos.
Nos acercamos más al centro del salar, por donde nos habían dejado la primera vez con la esperanza de ser divisados. Después comenzamos a usar los abrigos de banderas llamando la atención de los vehículos que pasaban, para pedirles por favor que al volver a la ciudad avisaran a la agencia que nos había traído que seguíamos ahí a la espera. Incluso una camioneta se ofreció a llevarnos a algunos, pero nos pareció arriesgado separarnos.
Teníamos el nombre y número de la agencia, e irónicamente, mi celular que todavía hoy tiene mala señal en el subte e incluso a veces hasta en mi casa, por alguna conexión inter-espacial extraña ahí tenía señal, era la única. Lástima nadie sabía el código telefónico de Bolivia y no tenía internet para googlear. Recuerdo no me atreví a mandarle un mensaje para consultarlo a mi familia, no quería asustarlos teniendo que explicar que estábamos extraviadas en el medio del desierto con 4 amigos que habíamos conocido hacia dos días. En retrospectiva probablemente eramos algo inconscientes.
Pero por suerte soy también una keeper de los “souvenirs auto-inventados", y del último hostel me había llevado un libro de Evo Morales que había encontrado en el cuarto. Simplemente por el recuerdo del dueño que no conocí, de un libro que no iba a leer jamás, pero que estuvo en ese mismo lugar antes que yo ¿?...Era el destino, yo sabía que para algo alguna vez iba a servir, porque en la bendita última página estaba el código del país y el número de la policía.
Primero llamé a la agencia, le expliqué quiénes éramos y que seguíamos ahí, dijeron que el transporte había ido y no estábamos ahí. Pero nunca se detuvo y nosotros estábamos en la sombra para no terminar insolados. De cualquier modo, me pateó que cuando pudiera irían y no sabían cuando iban a poder…finalmente llamamos a la Policía, que me insistía que tenía que comunicarme con Uyuni, pero cuando ponía el código me daba con la de Potosí..Al tercer llamado hice uso de mis dotes actorales y exagerando la situación prácticamente le lloré al teléfono que no teníamos agua ni comida, que nuestras familias no sabían dónde estábamos y no teníamos como salir de ahí. De fondo escuché a alguien decir con preocupación y reiterado: “son los 9 argentinos perdidos en el salar”, y me dieron a entender que nos vendrían a buscar.
Terminamos relajados tomando un vinito sentados en medio del salar a la espera del rescate. Llegamos a la ciudad por la noche, y en la agencia nos recibieron con un fraternal: “ahora tenemos que ver el tema del pago del rescate”. Y entonces, estallé, fue como una clase de teatro en vivo. Entre lágrimas falsas les dije que no podía creer que tuvieran “el TUPÉ de cobrarnos cuando ellos nos habían dejado abandonados”, mis amigas se tapaban para no reír, hasta el día de hoy hacen alusión y énfasis al TUPÉ. La discusión terminó un poco menos políticamente correcta y finalmente nos fuimos, sin pagar por supuesto.








