14/8/19

Aventuras saladas a la Boliviana..

"¡Armate la mochila que nos vamos esta tarde!".. así arrancaban nuestros viajes. Solo tu mejor amiga podía bancarte un llamado así. Todo era tan simple, sin restricciones, ni tanto plan. Siempre listas para el imprevisto, lo espontaneo, dispuestas a alterar el recorrido, a viajar sin itinerarios, a ir por donde nadie fue, a perdernos y reencontrarnos.

Y así construimos aventuras que siempre quedarán guardadas en nuestra memoria, por eso hoy unos 8 años después se me ocurre escribir sobre nuestras aventuras a la boliviana. Hace unos días, durante una cena hablando de viajes mochileros, me encontré contando estas vivencias tan entusiasmada y eufórica que finalmente tenía que dejarlas por escrito, para en un futuro lejano poder releerme y reencontrarme ahí..

Enero 2011…un verano hermoso, como siempre arrancamos viaje con Juli, mi fiel compañera de caminos. Volvimos a nuestro querido Norte; nuevas amistades, fogones, meta empanadas, bailanta y peña.  En Humahuaca nos encontramos con nuestras otras tres amigas y de ahí subimos a Bolivia. 2hs y media de fila para cruzar la frontera, había cacerolazo a Evo por el aumento del Gas.
Hasta el momento estuve en cuatro continentes distintos, no obstante, uno de los paisajes y experiencias más lindas y locas de mi vida, fue en américa del sur, acampando en el Salar de Uyuni, el salar más grande del mundo con casi 11,000 km cuadrados de sal blanca brillante.

Era una bella mañana de regateo, mientras buscaba la mejor oferta para hacer un tour por el Salar y tal vez hospedarnos en el Hotel de Sal, mis amigas estaban haciendo sociales con dos uruguayos y dos cordobeses. Me acerqué entusiasmada a contarles como había peleado el mejor precio, pero mis esfuerzos habían sido al cuete. Ya las habían convencido de ir con ellos a acampar en medio del salar, y por supuesto no dude en sumarme a la aventura; ¡hay equipo!. Los chicos habían charlado con una agencia que nos llevaba y nos buscaba al día siguiente. Todo parecía muy lógico.

Ese mismo día salíamos para el salar, dividimos las tareas de compras, comidas enlatadas, fideos, algunas verduras y frutas, un par de litros de agua y por supuesto más litros de vino en cartón. Si mal no recuerdo mientras cargábamos las provisiones, el chofer decidió que era momento de avisarnos que no iba a poder buscarnos al día siguiente, que nos íbamos a quedar 2 noches a la deriva en el salar. Así que a las corridas en busca de más alimentos, algunos bidones extra de agua y algo más de vino.
Nos dejaron en medio de la nada, literal, rodeados solamente de sal a unos kilómetros de la Isla Pescado, una de las formaciones rocosas e islas con cactus del salar. De a dos personas, en viajes ida y vuelta llevamos todo a una cueva gigante donde armamos las carpas. Durante esos dos días ese fue nuestro HOGAR, disfrutando los amaneceres y atardeceres más increíbles que haya visto.

Combatimos el viento frío y seco de la noche con un buen fogón entre una especie de pared de piedras que nos hacía de reparo mientras cocinábamos, charlábamos y cantábamos al compás de la guitarra. Éramos una publicidad perfecta. Para los curiosos por supuesto que nuestro baño era la naturaleza, por las piedras a la derecha las damas, a la izquierda los caballeros.
No era la primera vez que acampaba al aire libre en un lugar agreste, incluso he dormido a la intemperie entre médanos en el Cañon del Atuel, en Medonza, y en las cálidas madrugadas norteñas, cuando había que salir con la bolsa de dormir afuera para no morir sofocado. Pero, incluso en el lago más recóndito del sur, esta era la primera vez que me sentía total y completamente aislada de la civilización, sin posibilidad de NADA, y al mismo tiempo pareciendo ese instante todo tan posible, esencial y necesario. 

Ahora que lo pienso extraño ese momento y creo que me vendría tan bien, total des-conexión del mundo y al mismo tiempo total conexión con uno mismo, con el lugar y las personas que nos acompañan, sobre todo si son las correctas. A veces es cuestión de tiempo y distancia para apreciar aún mejor las cosas, y darnos cuenta que las mejores cosas de la vida, de hecho no son cosas.
Los turistas pasaban a lo lejos de la Isla, de paseo por el salar. Ninguno se detuvo por ahí, eran todos colectivos, combis y algún que otro jeep. Solo se nos acercaron una vez, 3 motos conducidas por motoqueros de raza, sí, bien cliché; barba y pelos largos, camperas y chalecos de cuero con calco-manías e insignias. Al principio debo admitir me asustaron un poco, pero solo saludaron y siguieron su camino.

Disfrutamos cada minuto de esos 2 días y medio, pero llegó la hora de irnos. Levantamos campamento y decidimos esperar en la Isla refugiados del sol del mediodía que quemaba. Vimos pasar algunos transportes, pero ninguno parecía andar con ánimos de buscar a nadie. Pasó la hora acordada, luego una hora más y nos pareció raro. Todavía nos quedaban, aunque escasas algunas provisiones como para poder quedarnos una noche más, en especial sobraba vino. Pero ya habíamos desarmado y eventualmente había que volver. 

Nos acercamos más al centro del salar, por donde nos habían dejado la primera vez con la esperanza de ser divisados. Después comenzamos a usar los abrigos de banderas llamando la atención de los vehículos que pasaban, para pedirles por favor que al volver a la ciudad avisaran a la agencia que nos había traído que seguíamos ahí a la espera. Incluso una camioneta se ofreció a llevarnos a algunos, pero nos pareció arriesgado separarnos.
Teníamos el nombre y número de la agencia, e irónicamente, mi celular que todavía hoy tiene mala señal en el subte e incluso a veces hasta en mi casa, por alguna conexión inter-espacial extraña ahí tenía señal, era la única. Lástima nadie sabía el código telefónico de Bolivia y no tenía internet para googlear. Recuerdo no me atreví a mandarle un mensaje para consultarlo a mi familia, no quería asustarlos teniendo que explicar que estábamos extraviadas en el medio del desierto con 4 amigos que habíamos conocido hacia dos días. En retrospectiva probablemente eramos algo inconscientes. 

Pero por suerte soy también una keeper de los “souvenirs auto-inventados", y del último hostel me había llevado un libro de Evo Morales que había encontrado en el cuarto. Simplemente por el recuerdo del dueño que no conocí, de un libro que no iba a leer jamás, pero que estuvo en ese mismo lugar antes que yo ¿?...Era el destino, yo sabía que para algo alguna vez iba a servir, porque en la bendita última página estaba el código del país y el número de la policía.

Primero llamé a la agencia, le expliqué quiénes éramos y que seguíamos ahí, dijeron que el transporte había ido y no estábamos ahí. Pero nunca se detuvo y nosotros estábamos en la sombra para no terminar insolados. De cualquier modo, me pateó que cuando pudiera irían y no sabían cuando iban a poder…finalmente llamamos a la Policía, que me insistía que tenía que comunicarme con Uyuni, pero cuando ponía el código me daba con la de Potosí..

Al tercer llamado hice uso de mis dotes actorales y exagerando la situación prácticamente le lloré al teléfono que no teníamos agua ni comida, que nuestras familias no sabían dónde estábamos y no teníamos como salir de ahí. De fondo escuché a alguien decir con preocupación y reiterado: “son los 9 argentinos perdidos en el salar”, y me dieron a entender que nos vendrían a buscar.

Terminamos relajados tomando un vinito sentados en medio del salar a la espera del rescate. Llegamos a la ciudad por la noche, y en la agencia nos recibieron con un fraternal: “ahora tenemos que ver el tema del pago del rescate”. Y entonces, estallé, fue como una clase de teatro en vivo. Entre lágrimas falsas les dije que no podía creer que tuvieran “el TUPÉ de cobrarnos cuando ellos nos habían dejado abandonados”, mis amigas se tapaban para no reír, hasta el día de hoy hacen alusión y énfasis al TUPÉ. La discusión terminó un poco menos políticamente correcta y finalmente nos fuimos, sin pagar por supuesto.
La realidad es que aunque nos indignó la forma en que manejaron la situación, por suerte nunca tuvimos miedo, solo fueron unas cuantas horas. Al contrario, volvió la anécdota aún más intensa y divertida y volvería a hacerlo..


"Sobreviviendo dije, sobreviviendo"

13/8/19

Mis demonios..

A veces creo que para ser buen escritor hay que estar roto por dentro. Escribir desde el dolor, desde la bronca, desde la vergüenza más pura, y sacar nuestros instintos más profundos al desnudo..siempre con la elegancia y protección de las palabras embellecidas en metáforas y simbologías que con el tiempo hasta nosotros les perdemos el sentido. 

A medida que crecí aprendí a nutrirme de mis propios demonios..a no dejarlos ir, a envolverlos en una cápsula engomada donde puedan resbalar tranquilos sin molestarme, pero sin perder esa bizarra esencia que nos hace sentir distintos, afectados pero conscientes, vivos. 

A veces no necesito NADA, y a veces necesito TODO. Creo en parte que eso refleja mi modo de actuar en la vida, en el escenario, mi forma de escribir en papel y mi propia historia. Soy TODO y NADA, en constante cambio y al mismo tiempo, siempre la misma. 

No todo lo que creemos que está bien necesariamente está bien, ni lo que creemos que está mal, está mal. Vivimos en un mundo atravesado por la cultura, signos, símbolos, imposiciones sociales tan inmersas que incluso cuando creemos ser liberales y revolucionarios, quizás solo respondemos a las reglas de un universo paralelo. La originalidad es un lujo que pocos se pueden dar.

Lo que hago y lo que escribo, habla más de mí que yo misma. Por eso siempre al releerme me rencuentro conmigo. Todos somos un cúmulo de experiencias; familia, amistades, relaciones, estudios, actividades, logros y fracasos, que nos van formando y hacen quienes somos; únicos con nuestras buenas y malas.

8/8/19

¡Te espero en VERONA!..desde arriba..

Verona..desde arriba del escenario, de ahí la viví cada viernes desde el estreno, en la carne de uno de sus personajes y a la vez por supuesto, en hueso propia.

Verona, comenzó con dos instancias de Casting; donde puse el instrumento a disposición, jugué, me divertí y las aproveché como aprendizaje, porque de eso se trata. Pero también me fui de cada uno ansiosa y con expectativa, esperando ese llamado que ¡finalmente llegó!. Y fue una bella casualidad participar de la última instancia de audición en dupla con la talentosa Evelyn Rotemberg, sin saber que compartiríamos las tablas como hermanas.


Al poco tiempo de enterarme que había quedado, realicé un viaje soñado durante tres semanas, donde con la responsabilidad de a mi vuelta comenzar con los ensayos con la letra estudiada, el libreto viajó por Europa en aviones, trenes, colectivos. 

Hoy recuerdo el año pasado cuando interpreté esta misma obra pero como muestra final de Actuartestudio de la mano de mi amiga, actriz y profe Martina Zalazar, y me tocó ser CRUZ. Pero tuve que dejarla atrás para afrontar este hermoso desafío de construir ahora a ACHU, otra de sus hermanas, con una personalidad y tonalidad totalmente distinta. A su vez, un placer compartir tablas con Guada Ferraro quién representa a una Cruz con sus colores y luz propia. Y darnos cuenta de lo especial de la impronta que cada actor le da incluso a un mismo personaje, para disfrutar y nutrirse de ello. 

Armar una obra no solo requiere mucho entrenamiento y ensayo, también todo lo que hace a la puesta en escena. Desde el primer paso de aprenderse la letra hasta los ensayos generales de iluminación. Para definir el vestuario hay que probar opciones, es parte de la construcción de cada personaje y a la vez la tonalidad que los vincula.


Y ya hace un mes que estrenamos a sala llena, con esos lindos nervios y euforia de la primera función. Y cada función es única y tiene una energía diferente. Porque el teatro es "aquí y ahora", lo que nos sucede en ese preciso momento, al personaje y al actor que lo interpreta. Y a su vez la respuesta del público, en especial su risa nos alimenta.


De cada función seguimos aprendiendo y evolucionando, siendo conscientes de aquellas cosas que sumamos y nos gustaron, y aquellas que siempre hay para mejorar, porque el teatro te da la posibilidad de jugar, equivocarte y seguir sorprendiéndote aunque la obra se repita infinitamente. Y luego de cada función en el camarín terminamos con nuestra devolución personal y como equipo, para seguir compartiendo y creciendo sobre esta experiencia. 

Siempre amé los camarines, tanto la previa como el post. Esa instancia de adrenalina grupal mientras nos preparamos para salir a escena, y el festejo, los abrazos y risas después de los aplausos es una energía contagiosa. El espejo del camarín no tiene aumento ni es mágico, pero multiplica las emociones. Ahí adentro se genera un vínculo de hermandad que quizás sea solo momentáneo sin importar el tiempo de conocernos, es el esfuerzo de los ensayos transitado y la felicidad e intensidad de cada función compartida. 
Y lo mejor es cuando salís de cada función, el aplauso del público y encontrarte con amigos y familia esperándote con un abrazo y listos para ir a celebrar, porque ellos saben cuanto amas lo que haces y el esfuerzo dedicado. Y ni hablar que la autora de estas comedias, la mismísima Claudia Piñeiro nos haya visto la función pasada y la haya disfrutado. ¡GRACIAS POR VENIR, GRACIAS POR ESTAR!.

¡Y a los que aún no vinieron los esperamos los viernes de agosto a las 20hs en el Teatro Bar Jufre (Jufré 444, CABA), con Cuanto Vale una Heladera y Verona! Dos comedias de la escritora Claudia Piñero en una. ¡Resvera YA tus entradas!, dale que quedan solo 3 funciones: