El primer
teléfono de casa era a rosca. No había forma de no aprenderte los números de
memoria y obvio se llamaba a las casas. Corría el año 1996 cuando Papá tuvo el
primer celular, sí el famoso ladrillo, era como llevarte el inalámbrico en el
bolso.
Soy de la
generación que se crió con Los Simpsons, Chiquititas, Cebollitas, las titas. De la rayuela, la brujita de los colores, el elástico y el juego de la oca.
Con el kinder a 1 peso y el cono de Mc.Donalds a 50 centavos. Cuando
aprendimos el ABCedario existía la letra "CH", sí era una letra, y en
primer grado todavía nos enseñaban a sumar con ábacos. Bailábamos Xuxa
en casset y sabemos lo que es dar vuelta la cinta con una lapicera. A
fines del primario vino el furor de Britney, las Spice Girls y los Backstreet
boys, ¡no podías no tener el CD!.
Para llamar la atención había que desconectarse y re conectarse varias veces, y un zumbido decía más que mil palabras.
Recién en
los últimos años del secundario tuvimos nuestra primera "red social":
el fotolog. Pero nuestros primeros celulares no tenían internet ni
cámara, cuando estabas de vacaciones tenías que ir a un cyber para hablar con
tus amigos o subir fotos. Después del colegio algunos nos fuimos haciendo FB, pero era para probar algo distinto, con desconfianza e incógnita.
No todos tenían y la gente grande no estaba ahí. Y ahora soy parte de la gente grande que sigue usándolo..
¡Soy flogger desde la época del
rollo!.
Probablemente soy de las pocas personas que todavía imprime las fotos y tiene porta-retratos por doquier, pero son mil los momentos que ameritan el recuerdo, y antes era así, en PAPEL.
Probablemente soy de las pocas personas que todavía imprime las fotos y tiene porta-retratos por doquier, pero son mil los momentos que ameritan el recuerdo, y antes era así, en PAPEL.
Cuando
éramos chicos, ver álbumes de fotos era un ritual grupal, un acontecimiento
plagado de anécdotas y risas. Porque había que esperar a que termine el
evento/viaje para llevar el rollo a revelar a la casa de fotografía, para
esperar que en un par de días estuvieran listas esas 24 o 36 fotos que valían
oro. Rezar para no encontrarte con alguna velada, borrosa o en la que saliste
con los ojos cerrados.
Sacarte
UNA foto no era un instante más de una seguidilla de mil fotos del mismo lugar
y momento, ¡era una ODISEA!. Asegurarte estar en el lugar correcto, mirando al lado correcto, sin pelos en
la cara, que el sol no te encandilara; no había lugar para el error, no había
chance de cerrar los ojos y había que sonreír media hora mientras el que
sacaba la foto (una selfie era impensado sacrilegio) tenía que
asegurarse de que estuvieran todos listos, sin cortar ningún extremo. Porque
ESA foto, era la ÚNICA toma. La cuál apenas podías ver con un ojo desde un pequeño
cuadradito.
A
mediados del secundario apareció la cámara digital, ¡bendita ella era!. Fácil
de transportar, de ver y la posibilidad de sacar todas las fotos que quisieras
del mismo momento y lugar sin que se gastara el rollo, y algo aún más
increíble: ¡podías verlas al instante en la pantalla de tu
cámara! y por supuesto pasarlas vía mail o ponerla de perfil
del MSN. Y ahora, los celulares lo hacen todo y más..
Soy de la
generación en que no había un Havana en cada esquina de Buenos Aires, eran los
alfajores que te traían de Mar del Plata. Soy del Tamagochi, de los primeros dibujos animados japonenes como Super-Campeones y Sailor Moon. Vi nacer el canal Magic Kids. Soy de los que alquilábamos películas en VHS y hacíamos pijamas party. Mi fiesta de 15 está grabada en VHS.
Soy de
una adolescencia donde no tenías la posibilidad de publicar tus cagadas ni las
ajenas, o de hacer ciberbullying. Cuando no sabías en que andaban ni que
opinaban de las temáticas más polémicas; las mamás de tus amigos, tus
vecinos, tu profesor, tu ex, y la ex del ex de tu amiga.. No sé si éramos más reservados,
simplemente no se podía o aún no estaba de moda.
Compartías
tus opiniones más fuertes y discutías con las personas que te conocían cara a
cara y solías ver. Todo tiene sus ventajas y desventajas, no digo que este mal
o este bien, simplemente que pertenezco a ESA generación. Esa que de a poco se
fue adaptando o des-adaptando, y también ahora publicamos nuestra vida, porque
pasa por ahí; por lo que decimos y mostramos, y por lo que elegimos no
decir o no mostrar.
Pero tenemos el placer de haber estado del otro lado, de saber lo que se siente la
privacidad, el anonimato. De haber salido con gente de la cual no hay registro
público. De haber estado en lugares (donde debiéramos o no estar) sin que nada
ni nadie nos delate, de no saber que el amigo del primo del vecino de mi amiga
de la playa, resulta que conoce a mi hermano. De que no todos sepan lo que
pienso o lo que hago, y del placer que nos producía en ese entonces vivir sin
publicarlo.
