31/12/10

El viaje de mochilero, es otro viaje..

El viaje de mochilero es otro viaje. Es un recreo de la rutina. Una cosa es ir y admirar un lugar en un tour que sale desde el hotel a los pueblitos y  lugares claves. Otra cosa es vivirlo y de adentro, porque eso es lo que te permite irte de mochilero. Estás ahí en el pueblo precario, en un camping en el medio de la nada, tu única luz es un fogón, a lo sumo una linterna. Posta, lo vivís de otro modo, mucho más sentido. Por eso irme de mochilera ya no me importa tanto a donde, es más la sensación, la vivencia con el ambiente, con los demás y con uno mismo.
Dejas los prejuicios y conoces cosas nuevas o desde otra perspectiva. Cuando estoy de mochilera, me dejo llevar porque me siento libre y confío en mi, en mi amiga, en mi entorno. Como dejando salir mis impulsos naturalmente, porque estar ahí entre la naturaleza lejos de la rutina te desinhibe. Es una pasión por si misma. Además, dejarse llevar más por los impulsos te permite poder disfrutar más y ser uno mismo.
Estas en el camping, o caminando buscando uno donde quedarte, o paseando, y todos los que estamos en esa, ¡estamos en esa!, en la misma. Se genera un aire de amistad y simpatía por inercia muy contraria a la energía negativa de la velocidad y ansiedad con la que nos movemos en la ciudad.
Acá en la ciudad, va todo el mundo acelerado con cara de culo, lo miras y te devuelve una mirada que te da miedo, o le preguntas algo y te responde a mil por hora o ni te registra. Pero allá, donde sea, en la vida de mochilero, o “cual hippie” como le digo yo, no hay tiempo, no hay apuro, no existe la mala onda. Si lo encaras así vas muerto, porque vos la vas a pasar mal. Te cruzas con la gente y donde fichas mochilas ya tiras sonrisa, te responden con ademanes de saludos aunque te hayan visto una vez en el camino o nunca antes. La buena onda se convierte en ley, es contagiosa. Necesitas algo, lo que sea, vas lo pedís con buena onda y con buena onda te lo dan. Detergente, un mapa, papel higiénico, un vaso, azúcar, una toalla, una estaca para la carpa, un mate, un pucho, hasta un consejo, una canción...lo que necesites y lo que haya. Probablemente, porque hoy me falta a mi y mañana te falta a vos.
Así conocí en esos viajes mucha gente copada, y la confianza se da al instante. Hablé cosas de la vida que no hablas con cualquiera, pero allá al toque ya nadie es cualquiera. Se da como una especie de hermandad sobretodo en los campings. Te conoces de otro modo, más a fondo que en todo un año en la ciudad. Porque te ven recién levantado, sucio, lavando platos, tirado en el suelo, trepando un árbol, pidiendo ayuda o sacado porque no podes prender el fuego para cocinarte y seguro te morís de hambre. Te ven siendo simplemente vos. Sin ataduras, sin pretensiones, ni protocolo, así, al desnudo, a lo vulgar y simple, completamente HUMANO.
En esos viajes soy más yo que nunca. Me siento y me vivo a mi tal cual soy, sin un solo complejo, sin tabúes, sin maquillaje y más que nada sin vergüenza, ni a fracasar, o no encajar o quedar mal. Ahí nadie te juzga. Las reglas de juego son otras, poco definidas, más liberales. No existen los límites, los límites los pones vos.
Soy más yo que nunca y es otro yo al mismo tiempo. Si es confuso. Llego allá y soy como una hippie rebelde, pero no es que actúe o me disfrace de hippie pretendiendo ser algo que no soy, y tampoco es que cuando vuelvo no soy yo, y me pongo un vestido y tacos para ser otra. Yo soy las dos. Sí, soy una mujer complicada. ¡Típico! ¿No?.
Pasa que ahí descubrís un poco más quien sos por dentro, porque nada importa lo de afuera (no existe eso de producirse, ahí te ponés lo primero que tenés a mano, y no es una escusa, es un hecho). Tal vez el viaje en sí te modifica, y adquirís ahí una especie de nuevo ser. Como sea, es un viaje de ida. Y es adictivo. Queres volver y ser cada vez más vos, o ese nuevo vos. Es como que una parte queda allá y otra vuelve con vos. Pero nunca sos el mismo, aunque cada “vos” parece ser más intenso, más fuerte.