Las personas charlatanas e hiperquinéticas (sí con hormigas en el culo) como
yo, padecemos un serio problema; la incomodidad de compartir largos periodos
con nosotros mismos. Esto nos enloquece! En mi caso al menos, no pasa mucho
tiempo para que empiece a hablar sola, sea quejándome, pensando en voz alta, o
teniendo diálogos de discusión conmigo misma. También somos proclives a la
personificación de cualquier objeto u artefacto que tengamos cerca en la desesperada
búsqueda de un amigo que nos escuche. Incluso vamos por la calle haciéndonos
planteos a viva voz o nos encontramos entre las góndolas del super indagando a
un paquete de fideos con que salsa podemos acompañarlo. Por suerte en esta
noche de insomnio al menos puedo volcar en palabras lo que se me viene a la
mente en vez de contárselo a la pared.
A veces
creemos que nos conocemos a nosotros mismos por completo, que sabemos
exactamente como reaccionaríamos ante determinas circunstancias; que decir, que
hacer. Y aquellas situaciones que estaban solo en nuestra loca imaginación de
pronto nos toman por sorpresa y nos encontramos haciendo y diciendo cosas que
jamás hubiéramos creído posible. No en nuestro ser. Pero son esos momentos de
ruptura donde nos dominan emociones nunca antes experimentadas, que nos
asombramos de nosotros mismos, a veces para bien, a veces para mal.
Eso que nunca
esperé que me sucediera pero que aseguraba que de ser así me haría querer
mandar todo a la mierda, al contrario, me puso en un estado de calma casi
incoherente, de análisis, de retrospectiva. Me súpero el pánico. Fue hora de
poner en la balanza si temía más a perder que a ganar. Porque para ganar algo
se debe perder, así como cuando se pierde, algo, por más ínfimo que sea siempre
se gana. Y muchas veces lo que se pierde puede valer mucho más que lo que se
gana.
Las emociones
suelen ser contradictorias, inesperadas…Cuando debí guardar la calma exploté.
Cuando debí callar, grité. Perdí el control, me saltó la térmica. Una situación
extrema que te enseña de lo que sos capaz, donde sobrepasas esos límites que
asumías tan tuyos y claros. A veces te asustas de tus propias reacciones, pero son
esas reacciones las que te demuestran que es lo verdaderamente importante para
vos, lo que estás dispuesto a proteger con uñas y dientes.
Todos tenemos un
guerrero dentro, algunos más “desarrollados” que otros. Algunos guardados en lo
más profundo de su interior envuelto en una tranquilidad casi ineludible. En
cambio en otros su guerrero está siempre latente, expectante, listo para salir
a la batalla. Yo soy de las que creen que ningún extremo es bueno, en ningún
aspecto, aunque en algunos admito que quizás lo soy. Pero mi guerrera
pese a ser un tanto efímera, como muchas cosas en mi vida, es absolutamente
pasional. Por eso por largos ratos parece estar dormida, apacible, sin razones
para pelear. Sin embargo, apenas se presenta la ocasión se apodera de mí. No se
conforma con una batalla, quiere la guerra. Entonces, después de dar el golpe y
retornar el equilibrio común de las cosas, le cuesta retirarse. No entiende que
es hora de volver a dormir y se queda alterada haciéndome una compañía de la
que no disfruto. Porque me trasmite una energía que no me alcanza lo que hago
para liberarla. Es una parte de mí que aún no logro dominar. Qué forma gran
parte de lo que soy y no quiero perderla, pero que cuando se instala,
sobreponiendo mis pasiones sobre mi cabeza, no me deja encontrar mi equilibrio.
