14/8/12

Si el insomnio quiere guerra, ¡guerra le vamos a dar! con palabras..


Las personas charlatanas e hiperquinéticas (sí con hormigas en el culo) como yo, padecemos un serio problema; la incomodidad de compartir largos periodos con nosotros mismos. Esto nos enloquece! En mi caso al menos, no pasa mucho tiempo para que empiece a hablar sola, sea quejándome, pensando en voz alta, o teniendo diálogos de discusión conmigo misma. También somos proclives a la personificación de cualquier objeto u artefacto que tengamos cerca en la desesperada búsqueda de un amigo que nos escuche. Incluso vamos por la calle haciéndonos planteos a viva voz o nos encontramos entre las góndolas del super indagando a un paquete de fideos con que salsa podemos acompañarlo. Por suerte en esta noche de insomnio al menos puedo volcar en palabras lo que se me viene a la mente en vez de contárselo a la pared.
A veces creemos que nos conocemos a nosotros mismos por completo, que sabemos exactamente como reaccionaríamos ante determinas circunstancias; que decir, que hacer. Y aquellas situaciones que estaban solo en nuestra loca imaginación de pronto nos toman por sorpresa y nos encontramos haciendo y diciendo cosas que jamás hubiéramos creído posible. No en nuestro ser. Pero son esos momentos de ruptura donde nos dominan emociones nunca antes experimentadas, que nos asombramos de nosotros mismos, a veces para bien, a veces para mal.
Eso que nunca esperé que me sucediera pero que aseguraba que de ser así me haría querer mandar todo a la mierda, al contrario, me puso en un estado de calma casi incoherente, de análisis, de retrospectiva. Me súpero el pánico. Fue hora de poner en la balanza si temía más a perder que a ganar. Porque para ganar algo se debe perder, así como cuando se pierde, algo, por más ínfimo que sea siempre se gana. Y muchas veces lo que se pierde puede valer mucho más que lo que se gana.
Las emociones suelen ser contradictorias, inesperadas…Cuando debí guardar la calma exploté. Cuando debí callar, grité. Perdí el control, me saltó la térmica. Una situación extrema que te enseña de lo que sos capaz, donde sobrepasas esos límites que asumías tan tuyos y claros. A veces te asustas de tus propias reacciones, pero son esas reacciones las que te demuestran que es lo verdaderamente importante para vos, lo que estás dispuesto a proteger con uñas y dientes.  
Todos tenemos un guerrero dentro, algunos más “desarrollados” que otros. Algunos guardados en lo más profundo de su interior envuelto en una tranquilidad casi ineludible. En cambio en otros su guerrero está siempre latente, expectante, listo para salir a la batalla. Yo soy de las que creen que ningún extremo es bueno, en ningún aspecto, aunque en algunos admito que quizás lo soy. Pero mi guerrera pese a ser un tanto efímera, como muchas cosas en mi vida, es absolutamente pasional. Por eso por largos ratos parece estar dormida, apacible, sin razones para pelear. Sin embargo, apenas se presenta la ocasión se apodera de mí. No se conforma con una batalla, quiere la guerra. Entonces, después de dar el golpe y retornar el equilibrio común de las cosas, le cuesta retirarse. No entiende que es hora de volver a dormir y se queda alterada haciéndome una compañía de la que no disfruto. Porque me trasmite una energía que no me alcanza lo que hago para liberarla. Es una parte de mí que aún no logro dominar. Qué forma gran parte de lo que soy y no quiero perderla, pero que cuando se instala, sobreponiendo mis pasiones sobre mi cabeza, no me deja encontrar mi equilibrio.