Estamos en época de Mundial...el domingo va a temblar el país contra Mexico. Hacía rato que no publicada nada por aca y me pareció propicio hacerme presente con un tema de transcendental importancia y actualidad. Con su reciente victoria contra el equipo griego, Argentina ingresó invicto a octavos de finales. El furor y la exaltación popular inundan las calles.
La gente se reúne en casas, bares, clubes y cafés, con amigos, familiares, compañeros o simplemente desconocidos. En algunas importantes plazas se instalaron pantallas gigantes e incluso en las escuelas y universidades para que nadie se pierda el gran evento que conmociona y paraliza al país. Hombres y mujeres, chicos y grandes, ricos y pobres, morochos, rubios y pelirrojos, “gallinas” y “bosteros”, lo único que importa es ser argentino. En esta época somos todos iguales. Existe un único objetivo común: ver a nuestra selección triunfar, porque ellos representan nuestro país, nuestros colores, nuestra patria.
De pronto surge un nacionalismo exacerbado mezclado con un creciente fanatismo deportivo. Los colores celeste y blanco empapelan las calles. Miramos las banderas argentinas flamear con mayor entusiasmo. Nos brillan los ojos y no se trata de ojos irritados de mirar al televisor, es la emoción, es el miedo de esa pelota que se acerca a nuestro arco, es el sentimiento de estar ahí, de gritarle con euforia a los jugadores como si aquellos pudieran escucharnos desde el otro continente, es la ansiedad, el estrés, y por sobretodo la ilusión de ver una vez más al equipo argentino levantar aquella copa después de 24 años como en el 86 con Maradona (actual DT de la selección argentina). Y dejando de lado sus comentarios vulgares o fuera de tono, su presencia nos enorgullece y produce un efecto de esperanza y tranquilidad para el equipo.
Sólo cada cuatro años parecemos ser todos hermanos. El mundial es un momento tan intenso para los argentinos que nuestra pasión y nuestros festejos parecen contagiarse incluso a extranjeros. Es difícil de explicar el porque de la repercusión que causa el futbol en la sangre criolla, como si se tratara de algo innato en nuestro ser. Pero es más que eso, somos muchos los que no solemos prestarle tanta atención a tal deporte, pero ver nuestros colores representados mundialmente por esos 23 jugadores nos identifica, revaloriza nuestras costumbres, nuestro patriotismo, el sentimiento de ser argentino. Y esos matecitos o aquella quilmes bien helada con lo cual solemos acompañar al partido tienen un sabor distinto, especial, se sienten más nuestro, más argentino. Dejamos de lado los males que nos agobian, las peleas personales, políticas y sociales para que algo quizás tan simple como un deporte nos unifique permitiéndonos conectarnos entre nosotros más allá de las ambiciones económicas.
El mundial no se trata simplemente de un juego, se trata de una expectativa común por reencontrarnos con el lado más humano y sensible de nosotros mismos, por el amor a nuestros colores. Nos transmite un mensaje positivo, y nos sentimos poderosos porque estamos todos juntos defendiendo lo que realmente nos identifica, lo más propio que tenemos, nuestro hogar, nuestras raíces, nuestro país.
El mundial no se trata simplemente de un juego, se trata de una expectativa común por reencontrarnos con el lado más humano y sensible de nosotros mismos, por el amor a nuestros colores. Nos transmite un mensaje positivo, y nos sentimos poderosos porque estamos todos juntos defendiendo lo que realmente nos identifica, lo más propio que tenemos, nuestro hogar, nuestras raíces, nuestro país.


me pareció haber leido esto en la edición de La Ola Porteña. buenisimo articulo
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