Este año volví una vez más al colegio a jugar un torneo como ex alumnas, esta vez, volví a ser arquera, como lo era hace unos 13 años atrás
en la Primera. Me sentía en mi lugar. Mi deporte preferido es el
Hockey, lo jugué toda la mi vida en el colegio, y unos 10 años después cuando
se armó el equipo de egresadas no dude en sumarme. Para ser sincera mi estado
físico y desenvolvimiento en la cancha ya no era el mismo, pero entrené con
mucho esfuerzo cada martes y jueves, aunque solo jugué algunos amistosos.
No llegué a sumarme al campeonato porque necesitaba y elegí
dejarlo para darle más tiempo a la actuación, y esa decisión dio sus frutos
para volver a mis amadas tablas. Aunque fue corta mi estadía en el equipo,
durante esos meses reviví mucho de lo que ese deporte significaba para mí; el
concepto de equipo, de pertenencia, esa camiseta que nos
identifica, nos conecta y por la cual todas corrimos y gritamos. Y creo que
ese sentimiento es lo que más extraño del colegio, porque fueron 12 años
consecutivos de esa sensación, de esa constancia, en el mismo lugar,
con la misma gente.
Para mí, el colegio fue una de las mejores épocas y por
eso siempre que hay oportunidad de actividades para egresados ahí estoy. Porque
tengo la suerte de tener los mejores recuerdos, de no solo haberme formado
académicamente ahí. Para mí fue una hermosa experiencia en sí, que en gran
parte me ayudó a ser quién soy, dándome la oportunidad de desarrollar mi
carácter, mis intereses, mi pasión por el teatro y la escritura, y brindarme
herramientas que hoy me resultan fundamentales, como el trabajo en equipo, el
sentido de pertenencia y de presencia.
Hay cosas que de chicos odiamos y después podemos entender,
respetar e incluso agradecer y hasta replicar. Hoy valoro aún más a
mi colegio y a mis padres porque mucho de lo que soy se los debo a
ellos. Incluso cuando me cagaron a pedos, esos "castigos ejemplares", por ejemplo, si escribías un banco quedarte después de hora a limpiarlo, lijarlo y dejarlo
como nuevo, si fumaba en el baño del colegio tener que ir un fin de semana a
limpiar los baños. En el momento era LO PEOR, pero se trataba de
aprender de primera mano sobre responsabilidad, disciplina y las consecuencias
de nuestras acciones.
Los que más me exigieron para sacar lo mejor de mí y menos me adularon, me enseñaron a perseverar, a que no siempre se gana pero que cuando se pierde se puede volver a intentar y mejorar, a la competencia sana y en especial que sea con uno mismo. A ser auténtica y leal a mí misma siempre, incluso cuando ellos no estuvieran de acuerdo con mis decisiones o mis formas. A debatir y defender mi postura, con respeto y tolerancia.
En el colegio tuve también la oportunidad de realizar campamentos en montaña, a la intemperie, diversos deportes en equipo pero también de agilidad y técnica, participar de torneros deportivos, practicar las distintas artes, en especial tener la posibilidad de subir a un hermoso escenario reiteradas veces y tener grandes profesoras de Teatro desde chica. Y junto a mis propias experiencias, mis relaciones, mis actividades, así me ayudaron a desarrollar mi carácter, mi personalidad y con ella mi autoestima.
Cada vivencia, cada experiencia y la forma en que lo
absorbemos es única y personal, por suerte la mía hasta el día de
hoy, fue positiva y siento que tanto con lo que me gustó y con lo que no, supe
aprovecharla al máximo y me permitió ser quién soy.


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