No hay una forma correcta de recorrer Europa, no hay caminos predeterminados, ni destinos fijos, cada cual elige a dónde ir, qué ver y arma su propia aventura. Siempre depende del tiempo, lo que uno vive, cómo y con quién. Esta es MI versión de MI viaje y nada más..
De hecho para mi la mejor forma de viajar es equivocarse, preguntar, perderme y encontrarme. Tener un listado de lugares que sí o sí queremos conocer, pero dejarnos lugar para sorprendernos, para encontrar lugares que no esperábamos y que la misma gente del lugar u otros turistas que crucemos nos puedan recomendar. Pero, no importa por donde vayamos, en cada rincón encontramos arte, historia, arquitectura y cultura. Y los rincones más escondidos muchas veces resultan los más interesantes.
Por primera vez me vi obligada a hacer un viaje internacional con solo equipaje de mano, una Carry-on. Seleccionar poca ropa: funcional y canchera significó todo un desafío y a la vez un aprendizaje. Por suerte hice caso a mi novio, fue una sabia decisión dado que había que ir con la valija a cuestas de un lado para el otro en todos los transportes existentes, y caminatas por escaleras e interminables callecitas y angostos pasillos. Tal como dice el propio nombre de este equipaje; ¡CARRY ON! seguir, avanzar, soltar..de eso se trata.
Arrancamos en Madrid, ¡OLÉ!. Hacía unos 20 años atrás había estado ahí con mi familia, era invierno e incluso nos nevó. Ahora tuve la posibilidad de vivirlo de grande y en primavera, aprovechando los barcitos y cafés que la caracterizan, rodeando la Plaza Mayor. Esas calles que tantos otros caminaron. Entre sus imperdibles y repetibles; el Jardín del retiro, el Palacio Real y los Jardines de Sabatini.
¡Oh lala París! La ciudad de las luces, de película. Me sentía una nena ilusionada con la Torre Eiffel, la visitamos de día, relajados tirados en el pasto de la plaza, y también volvimos una noche (cagados de frío) esperando que prendan sus majestuosas luces. Si bien debo admitir los franceses que crucé no me cayeron para nada bien; había escuchado el “prejuicio”, pero por mi experiencia personal, su actitud antipática era real. A cada uno que le pregunté algo, tanto en inglés como en castellano, sonriendo y muy amablemente, no me correspondieron ni la sonrisa ni la amabilidad. De cualquier modo, supimos disfrutar de sus paisajes, sus cafés, subimos a la Basílica de Sacré Coeur (aunque nunca logré pronunciarla correctamente), paseamos de noche por el Moulin Rouge, y cumplimos nuestra promesa de filmarnos cantando “Paris Summer” alrededor del Sena.
Desde el colegio siempre me interesó la historia mundial, suelo recordar nombres, momentos y fechas aleatoriamente pero super precisas, entre ellas la Toma de las Bastilla y un lugar que siempre me apasionó fue El Palacio de Versalles. Tanto había leído y escuchado sobre este increíble lugar montado para distraer a la nobleza, ¡moría por conocerlo!. Por supuesto desfilé cual reina por el Salón de los espejos y paseando por sus jardines. Es muy loco y apasionante entrar a recorrer lugares que uno tiene tan presente y ha estudiado, es como una verdadera clase práctica de campo, y a la vez la posibilidad de jugar a ser parte de la historia, cuando el lugar y su impronta lo amerita.
Desde París salimos en tren a un viaje en el tiempo a una época medieval. Las construcciones de Brujas (Bélgica) parecen salidas de un cuento de hadas. Ahí encontré además mi cerveza en el mundo, al menos por ahora: Brouwerj De Halve Maan, almorzamos en su fábrica unos platos exquisitos, y volvimos por la tarde por otra birra.
"El mundo es muy pequeño para muros", es una de las frases que simboliza y resuena en las paredes del Muro de Berlín. Ciudad plagada de historias, en especial de las más cruentas y dolorosas del mundo. Cada plaza, cada esquina, cada paso, conmueve por esos millones de muertos que ahí yacen en la eternidad de sus recuerdos. Desde el monumento en memoria al holocausto, incluso parado sobre una plazoleta de césped te encontrás sobre el viejo Bunker secreto donde falleció el mismísimo Hitler, y a su vez a su alrededor, imágenes de películas o documentales que todos hemos visto, que parecían ficción, pero ahí fueron realidad. Y la realidad supera la ficción.
Berlín nos sorprendió, esta vez positivamente frente a ciertos prejuicios, los Alemanes eran super amables y simpáticos, además de por suerte todos hablar inglés. Más allá de la distancia de culturas, fue uno de los lugares en que más cómoda me sentí. Nos hospedamos en un barrio muy lindo y en un hostel super amigable.
Amo probar cosas nuevas y también amo repetir las que más me gustaron, quizás en un mundo en constante cambio, estando tan lejos de casa necesito vivir momentos y lugares que me hagan sentir en casa, sentirme habitué aunque solo sea por unos días. Y así cenamos y al día siguiente volvimos a almorzar en Hannibal, un típico restaurant y cocktailbar de Berlín.
“Todos los caminos conducen a Roma”..y Roma está llena de caminos, y caminos sobre caminos, ciudades sobre ciudades, imperios sobre imperios.. El Coliseo, escenario del “Pan y Circo”, los Foros Romanos, corazón del imperio, y la Fontana di Trevi, donde obviamente tiré una moneda y pedí mis 3 deseos, de los cuales uno de ellos ya se cumplió. Por supuesto también visitamos el Vaticano, amado y odiado, controvertido pero imposible no apreciar su diseño y exuberancia.
Un destino discutido fue Florencia, ciudad de grandes artistas. Si bien nos deslumbró la fachada de su reconocido Duomo, y disfrutamos de los artistas clásicos callejeros que lo rodeaban, no somos el tipo de turista de museos. Por eso cada viaje, cada destino y forma de vivirlo es personal. Sin dudas para quienes saben apreciar mejor la pintura y esculturas, es parada obligada. En nuestro itinerario la otra opción era Amsterdam, y para sincerarnos nos arrepentimos de nuestra elección, pero quedará pendiente dado que Europa es un viaje de ida y vuelta asegurada.
Y hablando de idas y vueltas llegamos a Venecia. Un laberinto, de calles, canales y escalinatas. "Hay quienes adoran los laberintos para poder salir de ellos mientras yo, en cambio, prefiero perderme", palabras de María Kodama, que no podrían describir mejor mi sensación mientras nos llevaban en nuestro romántico paseo en góndola. Hubo que regatear bastante, pero no iba a irme de Venecia sin transitarla por sus canales.
Y finalmente, concluimos el viaje en Barcelona, una ciudad que me enamoró, que lo tiene todo: playa, montaña y amigos. Ahí nos hospedamos en lo de una pareja amiga, cerca de la playa. Feliz de recorrerla con amigas a pie de punta a punta, las ampollas valieron la pena para no perdernos de nada. Desde la icónica Basílica de la Sagrada Familia, el Barrio Gótico, el Montjuic, hasta los Bunkers, donde pudimos apreciar una tremenda vista panorámica de la ciudad. Incluso hicimos playa y toples en la Barceloneta. Para sumar a la lista de anécdotas, y atrevernos a experimentar esa brisa de libertad europea.



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